No hay nada de digno en sentirse mejor que otra persona

Desde muy jovencito aprendí a compararme con las demás personas en muchos aspectos de mi vida. Entiendo que es algo común y que la sociedad en la que vivimos nos induce de algún modo a ello. Nunca tuve la sensación que estuviera haciendo algo malo, pero muy bueno tampoco debía ser. Siempre se ha dicho que las comparaciones son odiosas.

En ese entorno donde crecía, siempre había personas dispuestas a compararse con los demás y a ridiculizar a alguien. Era mejor no mostrar ninguna debilidad en publico, ya que de lo contrario, lo mejor que te podía pasar era que te etiquetaran. En esas condiciones parecía  importante la opinión que los demás tenían sobre mi.

Con el tiempo, la intensidad de todo aquello va disminuyendo ya que ganamos independencia, pero quedamos de algún modo impregnados con trazas de aquellas conductas, ya sea en forma de miedo, rivalidad, hostilidad, comparación, la importancia que le damos a la opinión de los demás, que dirán, etc..

Mientras la mayor parte de los retos de mi vida se encontraban bajo un aparente control, mantenerse a la altura de las expectativas de los demás resultaba relativamente fácil. No obstante, a partir de cierto momento las cosas empezaban a ponerse un poco más difíciles que de costumbre y ya no me apetecía demasiado intercambiar impresiones con personas que rivalizaban.

Durante ese período de mayor dificultad estuve muy alejado de aquel entorno tan exigente. La mayor parte de las personas que aparecían en mi vida no pedían nada a cambio y por supuesto tampoco jugaban a las comparaciones hostiles. Con ellos me sentía muy bien porque podía ser yo mismo sin temor alguno. Aquello me dio confianza y me permitió ver la vida desde otra perspectiva totalmente nueva. El siguiente paso fue romper las expectativas que yo mismo me había creado tras tantos años de comparaciones absurdas.

Tras unos años volví de nuevo a vivir en mi entorno habitual y constaté que la vida me había ofrecido un regalo. Mediante esas situaciones adversas, alejado de mi entorno habitual y arropado por humildes personas con un gran corazón, me había liberado de algo muy pesado que llevaba acarreando durante tantísimos años sin yo saberlo.

Esa liberación te permite ver la vida de otro modo y por supuesto adoptar nuevas conductas sin temor alguno. Y cuando crees que ya has aprendido la lección, un día tomas un libro y lees una frase que dice.. «no hay nada de digno en sentirse mejor que otra persona». A partir de aquel día me observé y tomé consciencia de las veces que de forma inconsciente la mente es capaz de compararse con las demás personas sintiendo cierta superioridad o inferioridad.

Tan solo tomando consciencia de ello empecé a ver mucho mas allá de lo que solía observar en las demás personas. No existen palabras para describir lo que uno siente cuando es capaz de percibir que cada uno de nosotros es especial y único.

La comparación, entendida como la acción de examinar dos o más cosas para establecer sus relaciones, diferencias o semejanzas es valiosísima. No obstante, cuando estas cosas son cualidades físicas, intelectuales o comportamientos de personas, el contexto y el modo en que se hace es determinante para que no se convierta en una comparación odiosa.

 

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